Te visité en aquél pueblucho de mala muerte. Fue por aquellos días en los que el frío llegó de repente, como llega siempre, sin avisar. Una de las primeras cosas que metí en la maleta fue el bikini. Y de nada me sirvió. Me dejaste un grueso jersey de lana y nos refugiamos en casa.
La primera tarde me enseñaste las fotos. Después de comer sacaste la caja repleta y la dejaste encima de la mesa. Tu vida en una caja. Fotos de acá y de allá.
En una de ellas aparecías tú junto a un amor catalán. Estáis en un balcón, abrazados y sonrientes. Al fondo aparece un arco iris perfecto. No sería una gran foto si no hubiera tenido ese arco de colores perfecto, pero el detalle la hace especial.
Entonces me contaste la historia. A tu novia le gustó mucho la foto y la amplió para colocarla en la casa que compartíais. Al cabo de las semanas empezaste a notar que el arco iris iba desapareciendo, al principio casi imperceptible, se iba difuminando en un cielo todavía de tormenta. Nunca se movió la foto de su sitio, nunca estuvo expuesta a ninguna luz fuerte y extraña pero el arco seguía borrándose. Y bromeaste diciendo que cuando desapareciera por completo se acabaría vuestro amor.
Y así fue. La foto permació intacta pero sin arco iris. Y tú te fuiste.
Ya sabemos que hay amores que duran poco. Otros duran un arco iris.
Suerte que en tu caja todavía aparece perfecto para contarlo.