miércoles, febrero 21, 2007

Trenes que perdemos y trenes que esperamos

Perdí el tren porque hablamos demasiado y porque no me sentía impulsada a correr. Caminaba deprisa hacia la estación con una especie de convencimiento inútil. Como el que me agarra a veces cuando paso las páginas de un libro con la cabeza en otra parte, sabiendo que ese pasar página es solo acumular palabras al otro lado. Estaba mareada pero pensé que me aliviaría ir a la universidad aunque llegara tarde. En definitiva solo quería que se me pasara ese malestar. Pasar de clase como si de una página se tratara intentando sobrellevar todo el cuerpo en medio de tanta gente.
Cómo nos acumulamos en las estaciones, en los trenes, en las calles!!! Qué pesado me resulta a veces!!!
Para alargar esa duda que no conseguía distraer el otro tren se dignó a llegar casi media hora tarde. Unos se pierden y otros se esperan. Qué vida tan jodida!!!
El tren paró en Centellas y cuando las puertas estaban a punto de cerrarse salté. Miré mis manos para ver si lo tenía todo, me puse la chaqueta y respiré tranquila. Pasar por pasar prefiero sentir que no he perdido el día.

viernes, febrero 09, 2007

Joan

Joan es el nombre de mi zapatero. El primer piso que alquilé fue en la plaza de Sant Felip Neri y Joan tiene su minúsculo taller justo enfrente. Empecé a llevarle todos mis bolsos a los que le falla siempre la cremallera y así le conocí. Él es un hombre pequeño, con manos pequeñas y las gafas siempre sucias del polvillo de su taller. Cuando le llevaba unos zapatos me miraba y me lanzaba una crítica certera: "con estos zapatos no puedes caminar bien, están mal hechos" o "vaya zapatos que hacen ahora" y yo pensaba que eran demasiado caros para estar mal hechos y que a la próxima compra debería haberlo consultado antes.
Hace una semana le llevé mis botas rotas, unas botas que han dado mil tumbos conmigo y que estaban muy destrozadas. Mi madre había intentado tirarlas a la basura tres veces y yo siempre llegaba justo a tiempo para salvarlas. Pensé en lo que le diría a Joan cuando se las llevará. "Si, ya sé que están hechas polvo, las pobres, pero me gustan mucho y las quiero conservar ya que tienen un gran valor sentimental".
Las vio y me dijo que estaban muy mal y que costaría que quedaran correctas aunque si así lo deseaba me podía hacer un apaño. "Será caro". "Me da igual".
Hoy las fui a buscar y me contó paso a paso toda la operación. Me fascina todo lo que les hace, me hizo un cosido a mano y me reforzó el talón y ahora están muy bonitas. Cuando lo vi dándole el último cepillado sacando una fuerza insospechada en él pensé que no tenía precio arreglar esas botas.
Me dijo que cuando llegara a casa les diera otro buen cepillado para acabarlas de secar ya que les había puesto una crema. Entonces le compré un cepillo para eso y otro para extender la crema, y la crema, ah!, y unas plantillas.
Ahora voy a dedicarme a sacar brillo a mis botas nuevas. Me dijo que tenía los instrumentos necesarios y que me lo podía pasar bien (he descubierto como sospechaba que Joan disfruta mucho de su trabajo). Justo lo que yo pensaba, que limpiar mis zapatos le sentaría bien a mi espíritu. Y es que tengo un poco de espíritu de zapatera.

viernes, febrero 02, 2007

Proposiciones indecentes

Se levantó tambaleante como si le hubieran dado una paliza. Sus ojos ya no brillaban y su boca permanecía sellada. Parecía que la quietud de la mañana se había transformado en sentimiento de culpa (de quién?). Se vistió lentamente en silencio. Vi la camisa negra y el pelo revuelto cruzando el espejo de la habitación. Oí el estruendo de la puerta lejana al cerrarse. Entonces desperté.
Sonó el teléfono y su voz me hablaba como si no hubiera estado hacía unos minutos conmigo.
"Estoy en casa, había pensado si te apetecía ir a comer algo y pasear por el mar, hoy hace un día precioso". Colgué sin contestar. Lo hice por él. Dejé el teléfono descolgado y entré en la ducha.
Debo empezar a soñar cosas felices.

jueves, febrero 01, 2007

La Alhambra


Pronto hará más de cuatro años que estuve en Granada por primera vez. En esa ocasión no pude visitar la Alhambra porque era época estival y todas las entradas estaban vendidas. Fue una gran decepción a pesar de que sentía que ya conocía sus rincones de antiguo.
Todavía no sé cómo empezó pero siempre hablábamos de la Alhambra con Tono. Él la conocía y me explicaba sus bellezas, me contaba cómo era Granada y lo bonito que era pasear por el barrio alto y blanco del Albaycín o por el paseo de los tristes. Sus palabras me llenaban la imaginación con ese paseo que, descubrí ahora, se llama así porque antes llevaban por él a los muertos de camino al cementerio.
Con mi amigo planeábamos un viaje a Granada pero el tiempo pasaba y parecía que el destino nos separaba. Él se marchó a trabajar a Caracas y desde allí me mandó un regalo: era un fotocomposición que había hecho con dos fotos. En primer plano mi rostro mañanero de un día medio soleado de otoño frente a la Barceloneta (eso solo lo sé yo ,y él;y también sabemos los dos que era uno de sus barrios favoritos de Barcelona, por el mar)frente a un fondo donde aparece el imponente perfil de la Alhambra. Conservo esa foto ficticia como un tesoro, como una muestra de que algún día esa viaje se haría realidad. Así ,de cierta forma, nos unió la Alhambra y cuando por fin pude ir fue con él. Quedamos en la estación y vagamos juntos y alegres por ese camino triste que me pareció el más bello del mundo. Mi única pena fue que no pude ver el palacio por dentro y me fui con la certeza de que algún día regresaría.
Hace pocos días volví sobre mis pasos y regresé a Granada para entrar en la Alhambra y reencontrar a una amiga. Me levanté temprano y recorrí toda la ciudad a pie para llegar a sus puertas. Subí la cuesta escuchando la caída del agua. Lunes de frío y llovizna. Sin problemas para la entrada. Vería un palacio de invierno en el que sólo se olía el laurel pero con tal intensidad que todavía llevo el aroma pegado al recuerdo. Estaban plantando alhelíes y podando los setos. Andé sus rincones y vi sus palacios. Sus muros están cubiertos de poesía árabe y de filigranas en yesería y cerámica. Lo que era morada de sultanes es también un paraíso en la tierra. Mientras paseaba por allí mi soledad pensaba muchas cosas y entonces me aparecía la esposa de Boadbil con su cabellera larga y negra, y sus ojos profundos. La veía junto a un cabellero abencerraje muy hermoso, los dos bajo el ciprés ahora herido de muerte pero ocupando todo su espacio en el patio. Y me estremecí cuando ví la mancha roja en la sala de los Abencerrajes, donde dice la leyenda que degollaron a esa noble alcurnia de caballeros. En realidad era imposible sentirse sola ante tanta historia, ante tanta obra de arte irrepetible.
Se hace difícil creer que todo eso haya sobrevivido tan bien al paso del tiempo. La tradición popular dice que en ese lugar todo está protegido por un hechizo. Será que todavía todos esos personajes legendarios la habitan para guardar sus tesoros. Será que simboliza mucho más que un palacio oriental en una cumbre occidental que se alza como atalaya de la ciudad para mostrarnos su verdad. Será que en él se unen dos grandes culturas, dos religiones, dos mundos que han quedado unidos eternamente. El símbolo de la amistad que reencontré, el símbolo de la amistad que paseé y que sigo conservando.