jueves, enero 25, 2007

Lechuguero

Por fin terminé los exámenes de febrero. Me enfrenté al último con miedo y me puse aún más nerviosa cuando vi en qué consistía. Empecé a evolucionar la palabra y no me lo podía creer...lechuguero. No puede ser. Lechuguero no existe. Me sobraban letras, me sobraban yods, pensé que podría ser lechuga, lechoso, incluso que iba muy mal y que debía ser lechucero. Intenté trampear. Cuando al fin me levanté, colorada y acalorada, y le entregué el examen a la profesora me dijo que era lechuguero.
Sí existe, según el diccionario de la RAE: del latín lactucarius. persona que vende lechugas.
A día de hoy todavía me parece un insulto: lechuguero, que eres un lechuguero!!!
Suerte que terminé los examenes. Y hoy me voy a Granada a celebrarlo.

jueves, enero 18, 2007

La lluvia

Llueve. Llueve sin parar desde hace tres días y todo está húmedo. El piso viejo huele a moho y la ropa, que lleva tendida toda una historia de inundación, permanece mojada. El agua de invierno te cala los huesos, como diría el poeta te humedece al alma. A través de estas tardes te das cuenta del paso del tiempo, de su peso, de su ruido de gotas que no cesan.
Hoy la tarde se me ha caído encima y he tenido la imperiosa necesidad de salir. La voluntad de pasearme bajo esta lluvia que no se interrumpe y que choca obsesivamente, como una idea fija, en mi paraguas.
Después de recorrer las calles cercanas me he refugiado en el bar de delante de casa. Uno de esos bares de barrio nada modernos de los que ya quedan muy pocos en el centro. Un bar de generaciones, de carajillos y máquinas tragaperras, un sitio que hoy me tranquiliza porque beber sola en un sitio así un día como hoy es lo más natural del mundo.
Me queda el último trago de cerveza, ya tibia. La gente no para de entrar buscando cobijo, supongo que muchos son extraños como yo, personas que no suelen entrar en este bar y que hoy acompañan con indiferencia a sus habituales. La lluvia siempre perturba la rutina y eso me relaja, es un paréntesis en la vida, aunque la humedezca. Cuando llueve cosas inadmisibles son toleradas, las normas se transgreden: los semáforos se apagan formando el caos, los coles se vacían, el tráfico se vuelve insoportable, la puntualidad(ya de por si escasa) desaparece y las citas se anulan en silencio. Las tiendas modernas se llenan de periódicos esparcidos por el suelo, pisas charquitos de agua color gris-marrón-lechoso, una suciedad natural nos invade. Entonces te alegras de no haber limpiado los cristales o te enfadas porque se ha mojado la ropa (la que llevas o la que olvidaste lejana y tendida).
Algunos curiosos me miran. Las máquinas no dejan de funcionar y yo me imagino a mi padre frente a una de ellas. Siento sincera compasión por ellos y por sus familias, si las tienen. Tal vez porque los paseos con mi padre solían reducirse a eso (y entonces dejan de ser paseos reales para convertirse en etiqueta del recuerdo).
Como buen jugador mi padre era supersticioso y de vez en cuando, después de levantarme en vilo y sentarme en un taburete alto, me animaba a apretar el pulsador. A veces era rojo, otras de un verde o amarillo chillón, y a mi me gustaba la musiquilla que salía de aquel aparatejo singular. Luego, al llegar a casa, sufría el interrogatorio de mi madre que necesitaba corroborar lo que ya sabía de antemano.
Por entonces ya vivían como completos desconocidos. Cuando lo pienso me doy cuenta de que tuvimos una vida llena de malentendidos, y..."entonces todavía te veía como el hombre más fuerte del mundo, lo único omnipotente de mi vida: eras indestructible".
Me duele la cabeza, tengo frío. La puerta del bar está abierta. Iré a casa a arrebujarme de nuevo entre las mantas. Con un poco de suerte vendrá alguien y me sacará esta sensación de encima; volverá a hablar de cosas superficiales. Dejaré la compasión a un lado para vivir sin pensar, solo deseando que el día acabe deprisa, que cese la lluvia y que pase el tiempo sin notarse tanto.
Por supuesto no le contaré a nadie que hoy estuve en este bar, que he salido de casa con la lluvia.
No para de llover...

miércoles, enero 17, 2007

Antonio Avellana

Antonio tiene la misma textura que Rodiguiña, Flema, Martín, el Polilla o el hermano de Monique. Un día empujé esa puerta y allí me lo encontré, solícito, dispuesto a explicarme los caminos de ese mundo paralelo. Nuestro mundo.
Antonio se enfada cuando lo llamo por su nombre. Me dice que prefiere Toni, aunque a mi no me gusta el diminutivo y me gusta en cambio que se enfade. Su enfado es como un intento, se pone serio pero no le sale. Será que solo sirve para sonreír. El disgusto que le produce es un nerviosismo que solo aviva la llama de sus ojillos y le hace abrir la boca involuntaria al deseo de hacerse imponer.
Un día lo vi durmiendo en el sofá y no quise despertarlo. Me estiré a su lado, bien apretadita, intentado percibir sus olores. Metí la nariz en su boca entreabierta y también bajo sus axilas. Espié bajo su ropa y vi su pecho peludo, como un cojín. Tiene el sueño profundo y no se despertó cuando lo vestí de nuevo y me fui a estudiar.
Él dice que tiene los ojos marrones aunque está claro que son de color avellana. Hace poco me dijo que se iba a pasar unos días a la montaña. Lo echo de menos aunque ahora tengo todo el sofá para mi. Y me imagino su cojín suave y sus ojos brillantes. Me pierdo un poco en este mundo suyo pero pronto volverá para explicarme sus aventuras alpinas. Desearía que a su regreso no empiece a hacer cosas raras porque últimamente andaba muy suelto y parecía pasar de mis descripciones. Supongo que es normal, que al final, esos amigos imaginarios se nos rebelen y cobren vida propia.
Eso sí, cuando vuelva espero que siga teniendo su sonrisa, su cojín, sus ojos de color avellana y que continúe enfadándose cuando lo llame Antonio. Antonio Avellana.

jueves, enero 11, 2007

Visita México I











México es un país fascinante. Los océanos bañan sus costas, y también el mar caribe...que aunque parece plácido, con sus colores turquesa y su remanso en las playas blancas, se las trae. México atrae por sus contrastes, por su capital enorme y cosmopolita, por sus bonitas playas, por sus ciudades coloniales repletas de historia, por sus desiertos enigmáticos, por sus ruinas aztecas, mayas, toltecas...por toda esa fuerza que contienen sus piedras.
Y caí en el DF sin querer, justo porque el Wilma había azotado Cancún y la costa del caribe. Crucé sus cielos atravesando el huracán y me encontré sobrevolando miles de casas, edificios cuadriculados y avenidas repletas de coches. Hay que tener en cuenta que el aeropuerto, con tanto crecimiento de la ciudad, ha quedado en el centro. Creo que nunca antes había sobrevolado tanto asfalto, tanta urbe. Mi primer viaje transoceánico llegaba a su fin...y se ponía el sol. Tuve una llegada crepuscular y vi como el sol acariciaba la ciudad. Y qué sol!!!!
Tuve que modificar la ruta pero fue bonito. Y los planes cambiaron en cuanto pisé el aeropuerto. Pensaba quedarme en DF solo un día pero el día se convirtió en una semana. Visité sus barrios, su Museo de Antropología, el bosque de coyoacán, las ruinas cercanas de Teotihuacan. Comí de maravilla, no sabía que la cocina mexicana, después de la francesa, es la más rica y variada del mundo...con sus moles con mil especias, su cacao perfumado, sus frutas multicolor (existen tantas frutas??!!), sus chiles picantes...Mmmhh!
Salí de noche como una condesa porque tuve la suerte de ser acogida por un vigatá diseñador afincado allí. Y me enseñó un poco de su vida. Incluso me llevó de visita a casa de su familia adoptiva, en el barrio de Polanco, una familia mixta de artistas donde me prepararon el primer margarita y me aconsejaron mil sitios para visitar.
Luego, ya partía para conocer otras partes del país. Llena de ilusión. Y conocí la pobreza y los autobuses de tercera con su traqueteo interminable. Descubrí que México está muy contaminado y que huele muy mal pero que eso cambia a 2800 metros de altura. Conocí a personas inolvidables que me contaron sus historias. Y yo escuché y contesté a sus preguntas. Me sentí afortunada de poder viajar y conocer. Algunas personas nunca se moverán de un lugar pero me enseñaron que el viaje también está en el interior. A pesar de eso lo quise atrapar e hice algunas fotos. Son fotografías de algo que hay que oler y sentir en la piel (como el polvo pegado) y ver con los ojos muy abiertos.
Ahí va mi primera parte del viaje. Nada más aterrizar y después de descansar un poco fui a la plaza más animada de la ciudad, en el zócalo. Allí vi la enorme bandera y la catedral española (que parece que esté a punto de caerse en cualquier momento). También visité las ruinas del Templo Mayor sobre las que los españoles construyeron su imperio. Hay un museo. Entré en el museo y no en la catedral...más que nada por miedo a morir aplastada. Ya saben que los mexicanos también son supersticiosos y dicen que a los españoles, cuando pisan tierras mexicanas, les ataca el mal de Moctezuma. Esa maldición se desata con violentas diarreas pero yo, que soy muy aprensiva en cuanto a los males de ojo, temí acabar sepultada bajo la ruinosa catedral de nuestros antepasados.