Llueve. Llueve sin parar desde hace tres días y todo está húmedo. El piso viejo huele a moho y la ropa, que lleva tendida toda una historia de inundación, permanece mojada. El agua de invierno te cala los huesos, como diría el poeta te humedece al alma. A través de estas tardes te das cuenta del paso del tiempo, de su peso, de su ruido de gotas que no cesan.
Hoy la tarde se me ha caído encima y he tenido la imperiosa necesidad de salir. La voluntad de pasearme bajo esta lluvia que no se interrumpe y que choca obsesivamente, como una idea fija, en mi paraguas.
Después de recorrer las calles cercanas me he refugiado en el bar de delante de casa. Uno de esos bares de barrio nada modernos de los que ya quedan muy pocos en el centro. Un bar de generaciones, de carajillos y máquinas tragaperras, un sitio que hoy me tranquiliza porque beber sola en un sitio así un día como hoy es lo más natural del mundo.
Me queda el último trago de cerveza, ya tibia. La gente no para de entrar buscando cobijo, supongo que muchos son extraños como yo, personas que no suelen entrar en este bar y que hoy acompañan con indiferencia a sus habituales. La lluvia siempre perturba la rutina y eso me relaja, es un paréntesis en la vida, aunque la humedezca. Cuando llueve cosas inadmisibles son toleradas, las normas se transgreden: los semáforos se apagan formando el caos, los coles se vacían, el tráfico se vuelve insoportable, la puntualidad(ya de por si escasa) desaparece y las citas se anulan en silencio. Las tiendas modernas se llenan de periódicos esparcidos por el suelo, pisas charquitos de agua color gris-marrón-lechoso, una suciedad natural nos invade. Entonces te alegras de no haber limpiado los cristales o te enfadas porque se ha mojado la ropa (la que llevas o la que olvidaste lejana y tendida).
Algunos curiosos me miran. Las máquinas no dejan de funcionar y yo me imagino a mi padre frente a una de ellas. Siento sincera compasión por ellos y por sus familias, si las tienen. Tal vez porque los paseos con mi padre solían reducirse a eso (y entonces dejan de ser paseos reales para convertirse en etiqueta del recuerdo).
Como buen jugador mi padre era supersticioso y de vez en cuando, después de levantarme en vilo y sentarme en un taburete alto, me animaba a apretar el pulsador. A veces era rojo, otras de un verde o amarillo chillón, y a mi me gustaba la musiquilla que salía de aquel aparatejo singular. Luego, al llegar a casa, sufría el interrogatorio de mi madre que necesitaba corroborar lo que ya sabía de antemano.
Por entonces ya vivían como completos desconocidos. Cuando lo pienso me doy cuenta de que tuvimos una vida llena de malentendidos, y..."entonces todavía te veía como el hombre más fuerte del mundo, lo único omnipotente de mi vida: eras indestructible".
Me duele la cabeza, tengo frío. La puerta del bar está abierta. Iré a casa a arrebujarme de nuevo entre las mantas. Con un poco de suerte vendrá alguien y me sacará esta sensación de encima; volverá a hablar de cosas superficiales. Dejaré la compasión a un lado para vivir sin pensar, solo deseando que el día acabe deprisa, que cese la lluvia y que pase el tiempo sin notarse tanto.
Por supuesto no le contaré a nadie que hoy estuve en este bar, que he salido de casa con la lluvia.
No para de llover...
3 comentarios:
Esa lluvia que te trae recuerdos lejanos, es la misma que riega tu mundo para que nazcan las flores que olerás en primavera, la que procurará que huya la sensación turbia de tu corazón para dejarlo límpido y listo para amar la vida. Esa lluvia, es la que inspira las palabras que tejes tan hermosamente, la que te recoloca frente a las luces, frente a las barras que se encargan de recordarte que en tu historia, como en la de todos nosotros, hay moementos que son sólo para recordar.Escribe amiga, porque en cada letra dejas algo que te pesa y al final de cada historia te espera la mayor recompensa. Recordaba el taburete de la única historia que me diste, quisiera poder leer más.
Ya vislumbro brotes primaverales. Y hay historias que hay que airear porque sino enmohecen en el fondo del los cajones. Qué bueno que recordaras el taburete y es que es lo mejor de la historia. Es ahí cuándo consigo que se vea algo a través de las palabras...Poco a poco espero que se vean más cosas. Ahora voy a la cama con truman que él si que cada día me enseña que se puede ver a través de sus líneas. Te hice caso y adquirí los cuentos completos. No hace falta que te diga, entonces, que te pienso.
Es ese rincón de tu mente que los martes han puesto en marcha...que te insta a que salgan recuerdos y se dilapiden entre las gotas de lluvia. y pesen menos , y duelan menos , y se vuelvan cada vez mas letras y palabras, que como dice la amigaquerida , tejes hermosamente bien...Parece que en tu olla , hay mucha comida por cocinar.
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